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martes, 6 de mayo de 2014

Protagonista en algo que no es nuestro.«Y en ese instante experimentamos el hálito frio de una soledad que nos cuartea como mercancía frágil». ( 2 min.)

Protagonista en algo que no es nuestro ( 2 min.)
por
Juan B. Lorenzo de Membiela


«Y en ese instante experimentamos el hálito  frio de una soledad que nos cuartea como mercancía frágil».

Las expectativas creadas a la persona en plena postmodernidad fueron grandes.

Tras la II Guerra Mundial y aprovechando la salida de la crisis de 1929,  se concibe   en  Europa el germen del   Estado protector. Se  garantizarán  mínimos vitales para evitar la desprotección de la persona ante circunstancias adversas procurando disipar la angustia de la incertidumbre.

De aquella idea original hasta finales del siglo XX y concretamente hasta la crisis de 2007, se fueron ensanchando las garantías, los derechos, las prerrogativas, las libertades...Cualquier cosa era poca para lograr más  bienestar y más legitimación democrática por medio de votos. Era lo democrático y puede ser lo democrático.

Surge  de la autosuficiencia del hombre  un   relativismo construido sobre su  hedonismo. Que sin embargo no era solidario, sino excluyente y gregario. Y de una  confianza sincera  para una convivencia social,  fructífera para todos, se tornó opaca a merced de egoísmos, los de siempre, en todo tiempo y espacio.

De aquellos  tiempos de derechos, en continua progresión  y de aquellos tiempos de obligaciones, en continua destrucción, surgen los momentos del gran cambio.  Porque el Estado  se vio incapaz de sostener una estructura protectora que lo abocaban a la insolvencia. Y en ese instante experimentamos el hálito  frio de una soledad que nos cuartea como mercancía frágil.

De esos felices años, de aquellas circunstancias  tan propicias, surgió el gran drama. Al hombre como  espectador  le pareció insuficiente leer aventuras de otros y sintió la necesidad de tornarse protagonista  de toda novela, historia, amor, poesía, expedición, combate y travesía. No era suficiente admirar a extraños y se permitió, en un acto de suprema soberbia, erigirse en  el centro de toda  trama.

Y de todo ello  crecieron consecuencias. Porque no todos tienen la generosidad  para ser héroe en  circunstancias adversas, ni amante frente al arcano del amor, ni el coraje para surcar expediciones  ignotas, ni el don de gentes para ser elegante   en tramas  viajeras, ni el saber estar en  un cosmopolitismo…de novela, ni el sutil y profundo lirismo de lo poético. Tampoco  el gesto sincero de quien brinda la mano ofreciendo ayuda .Aunque tampoco la canalla impostura del cínico, deseo creer.

Puede pasar la vida y, pasa con frecuencia,  sin más afán que aferrarse a lo cotidiano. Y es en lo cotidiano en donde o pueden fraguarse combates, aventuras, amores, derrotas, travesías y poesías de elevado espíritu, aun lo domestico del escenario. O puede contemplarse el tiempo fugaz como testigo  ajeno a toda circunstancia que tambien esto encierra grandes  dosis de bravura.

Me viene en este momento aquel poema,«Adelfos», de Manuel Machado, y de él, estas dos  estrofas:


«[…]En mi alma, hermana de la tarde, no hay contornos...,
y la rosa simbólica de mi única pasión
es una flor que nace en tierras ignoradas
y que no tiene aroma, ni forma, ni color.

Besos, ¡pero no darlos! Gloria..., ¡la que me deben!
¡Que todo como un aura se venga para mí!
Que las olas me traigan y las olas me lleven,
y que jamás me obliguen el camino a elegir[…]».

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