Sucesos contemporáneos · Serie microensayos
Cambios fungibles e infungibles en la recuperación económica
La crisis no terminará con medidas financieras, sino cuando cambie el hombre: lo que se consume frente a lo que permanece.
Por Juan B. Lorenzo de Membiela
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Sinopsis
| Idea principal | Conclusión |
|---|---|
| El fin de la crisis | Solo llegará cuando cambie el hombre. |
| Dos perspectivas | La paliativa conserva la falta de valores; la esencial propugna un renacimiento humano. |
| Barbarie de etiqueta | Lo incivilizado se disfraza de corrección en un mundo globalizado y atomizado. |
| Sin confianza | Donde la palabra no vale, solo quedan el interés y la conveniencia. |
| Virtudes infungibles | Lo bello y lo bueno no se compran; sin ellos solo cabe la compraventa. |
| El mal está dentro | Montaigne: la enfermedad radica en nuestras propias entrañas. |
| Cambiar de modelo | Ante una crisis mundial no cabe emigrar: hay que cambiar, con serenidad. |
| Un humanismo nuevo | Maalouf: ni el extravío del marxismo ni un capitalismo sin ideales. |
| El poder anónimo | La hipermodernidad despersonaliza el poder, rasgo de los sistemas totalitarios. |
| Daño institucional | Beck: las ideas maestras de la comunidad pierden convicción. |
| Los límites humanos | Calderón y Ortega: aceptar la propia medida. |
| Cooperación y biodiversidad | La singularidad y la variedad fundamentan lo sostenible y la independencia. |
I. Dos perspectivas ante la crisis
¿Cuándo acabará la crisis? Cuando cambie el hombre. Esa es la medida y el precio para superar lo que nos ata y arrastra.
Hay dos perspectivas sobre ella: la paliativa o estrictamente económica, que implica conservar la falta de valores incidiendo en las políticas financieras, y la etiológica o esencial, que propugna la creación de algo nuevo, un rinascimento de un hombre consciente y consecuente de su potencial destructivo, pero también creativo.
Una construcción despojada de los vicios y engaños que inoculan a todo aquel, persona o institución, que frene sus instintos. A cualquier precio, sin que lo digno sea freno y bocado que lacere su ansia.
Es la confrontación de lo civilizado con una barbarie que hoy se viste de etiqueta, como comensal de un mundo globalizado, pero atomizado por los excesos y las ruinas. Lo uniformado siempre causa impresiones níveas que cautivan a los incrédulos.
Se desconfía de la buena fe porque la palabra ya no es creíble. Y donde no hay confianza solo cimbrean el interés y la conveniencia, que lo mismo da.
Lo fungible y lo infungible
El Código Civil distingue entre bienes fungibles, aquellos de los que no puede hacerse el uso adecuado a su naturaleza sin que se consuman, y bienes no fungibles, que son todos los demás1.
Trasladada a la vida social, la distinción separa lo que se gasta y se sustituye —el dinero, las mercancías, las políticas coyunturales— de lo que no admite sustituto: la palabra dada, la confianza, la bondad y la belleza.
Código Civil, art. 337 · Lo que se consume frente a lo que permanece
II. Las virtudes infungibles
Donde no hay sitio para lo bello y lo bueno, virtudes infungibles, solo cabe la compraventa. Como diría Pinchas Lapide, un Dios demostrable ya no sería el Dios de nuestros padres: sería pura matemática, pura fórmula, pura ideología (Frankl y Lapide, 2005: 148-149)2. No hay lugar para lo que no se comprueba.
Para La Rochefoucauld, todas las enfermedades tienen su origen en las pasiones y angustias del espíritu (…), que se extendieron por el mundo a causa de su corrupción y afligen a los hombres desde hace tantos siglos (La Rochefoucauld, 1963: 142)3.
Del mismo parecer era Montaigne: «¿Por qué nos engañamos? Nuestro mal no procede del exterior; se halla dentro de nosotros, radica en nuestras mismas entrañas, y la causa de que difícilmente alcancemos la salud está en desconocer que padecemos la enfermedad» (Montaigne, 2008: 1111)4.
III. Cambiar de modelo
Nada está escrito en el porvenir, y nos compete edificarlo. Cuando un país se adentra en lo proceloso del temporal, cabe emigrar; cuando la debacle es mundial, la opción es cambiar de modelo. No de un modo convulso, sino serenamente, racionalizando el conocimiento y el fracaso.
Todo cambio arranca de la conciencia de cada persona y emerge en la sociedad cuando halla una salida idónea. Lo demás son argucias tan inconsistentes como la niebla. ¿Las revoluciones de la primavera árabe en Túnez, Egipto y Libia han supuesto un cambio de sociedad distinto al que acontece en el resto de los países musulmanes?
Y en Occidente, ante el cambio social de la crisis, ¿surgirá un humanismo que no caiga en el extravío del marxismo ni en los delirios de un capitalismo sin ideales? (Maalouf, 2010: 235-237)5. O, más aún: ¿se caerá en un neoliberalismo que reduzca al hombre a una máquina productiva, condicionada por los inputs económicos?
No se vislumbran primicias palpables. Pero sí se constata un desmoronamiento, lento y progresivo, de lo artificioso, producto de la política como tecnología social, sin perspectiva humana.
IV. El poder anónimo
Lo anónimo y lo despersonalizado del poder son notas de lo que Lipovetsky ha llamado «hipermodernidad»6. Lo impersonal del poder abstrae al político de cualquier imagen, que es sustituida por técnicas directivas a veces tan racionales que son tributarias de impiedades. Ese anonimato, que no permite distinguir lo bueno de lo malo ni lo excelente de lo peor, es propio de los sistemas totalitarios (véase Bělohradský, 1991: 71)7, aunque en la zozobra poco importan ya los adjetivos, sino los hechos.
Para Václav Havel, el sistema, la ideología y el aparato han expropiado al hombre su conciencia, su sentido común y su lengua natural y, por tanto, también su humanidad concreta (Havel, 1991: 72)8.
Sin duda, el daño moral a las instituciones está hecho y, con ello, como dice Beck, las ideas maestras de la comunidad pierden convicción (Beck, 2009: 31)9. Véanse los barómetros mensuales del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) de 2012 y los índices de los estudios de años anteriores.
V. Los límites del hombre
El hombre despierta de la ebriedad y el exceso del ayer y se enfrenta a un gran cambio de entidad histórica que no quiso ver. Pero ¿quién quiere conocer sus límites? Como expresó Calderón de la Barca10:
(…)
¡Oh mano del mundo avara!
Si tanto bien nos limitas,
¿para qué, di, nos incitas
a aspirar a más y más,
si lo que despacio das
tan de prisa nos lo quitas?
Para Ortega, no es obligatorio que una generación tenga grandes hombres; no es obligatorio, es simplemente lamentable. Pero la vida humana no es más ni menos real, ni deja de tener su figura propia y exclusiva, por ser ilustre o mediocre (Ortega y Gasset, 2012: 126)11.
VI. Cooperación y biodiversidad
En momentos tan intensos como los que vivimos concurren dos sensibilidades sociales que están generando confianza, y las dos derivan de las ciencias naturales. La primera es la cooperación entre individuos de una misma especie; la segunda, la conciencia de la llamada biodiversidad como algo propio y unitario.
En cuanto a la primera, la biología ha demostrado el poder de la individualidad sobre lo general, hasta el extremo de que lo que hoy entendemos por «especie» no es más que una suma de singularidades. Más aún, apunta Morin, los individuos de una misma especie son sujetos diferenciados entre sí (Morin, 2008: 96)12: no son clones ni responden por igual a unos mismos estímulos. Y toda esa «especialidad» la consideramos propia.
Hoy esta perspectiva se ha ampliado, pues se ha adquirido conciencia de que la biodiversidad es un concepto que aglutina conciencia y materia y que fundamenta lo sostenible.
El concepto de lo sostenible se ha implantado en la sociedad occidental como rasgo de modernidad, y ello ha incidido en actitudes conservacionistas hacia todo y hacia todos. Se ponderan los rasgos culturales y característicos de cada nación y se desarrollan políticas económicas protectoras y no destructivas. En la variedad encuentran fundamento nuestra singularidad y nuestra independencia.
Notas
- Código Civil, art. 337. ↩
- Frankl, V. E. y Lapide, P. (2005): Búsqueda de Dios y sentido de la vida. Diálogo entre un teólogo y un psicólogo, Barcelona: Herder, pp. 148-149. ↩
- La Rochefoucauld (1963), p. 142. ↩
- Montaigne, M. de (2008): Ensayos, p. 1111. ↩
- Maalouf, A. (2010): El desajuste del mundo. Cuando nuestras civilizaciones se agotan, Madrid: Alianza, pp. 235-237. ↩
- Lipovetsky, G. (2006): Los tiempos hipermodernos, Barcelona: Anagrama. ↩
- Bělohradský (1991), p. 71. ↩
- Havel (1991), p. 72. ↩
- Beck (2009), p. 31. ↩
- Calderón de la Barca, P. ↩
- Ortega y Gasset (2012), p. 126. ↩
- Morin (2008), p. 96. ↩
Para seguir leyendo
- Beck, U. (2006): La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad, Barcelona: Paidós.
- Frankl, V. E. y Lapide, P. (2005): Búsqueda de Dios y sentido de la vida, Barcelona: Herder.
- Havel, V. (1990): El poder de los sin poder, Madrid: Encuentro.
- Lipovetsky, G. (2006): Los tiempos hipermodernos, Barcelona: Anagrama.
- Maalouf, A. (2010): El desajuste del mundo, Madrid: Alianza.
Imágenes: Wikimedia Commons (dominio público).
