Presentes sin futuro
Sin atractivos turísticos destacados, implementar una estrategia económica para explotar este recurso se hace difícil. No hubo previsión planificadora: aquellos tiempos se centraban en la inversión inmobiliaria. A unos, porque la promoción de viviendas resultaba un negocio rentable; a otros, porque entre la compra sobre plano y la vivienda construida se obtenían plusvalías muy respetables; y a otros, en fin, porque esperaban un momento de máximo beneficio que nunca llegó.
Se quiso desconocer que los negocios, como las inversiones, tienen un componente aleatorio e incierto, un lado oscuro, el opuesto al beneficio, que nadie previó y nadie quiso ver. Una mano invisible, en la terminología de Adam Smith, que mueve los hilos de la fortuna.
Las Administraciones intervenían en esta gestión mediante sus actividades de ordenación, planificación y tributación. Gracias a los ingresos por estos conceptos, las tesorerías públicas obtenían excedentes sustanciosos: una sostenibilidad momentánea basada en las transacciones de unos presentes sin futuro. Los gestores políticos, en su constante afán de maximizar sus perspectivas, invertían sobre este panorama y planificaban servicios para satisfacer un hedonismo social difícil de saciar. No advirtieron, salvo excepciones, que existe una ética de la responsabilidad por las consecuencias futuras de los actos presentes.
Un nuevo paradigma público
Desde hace años, esa fórmula simple —promoción, venta, tributación— está rota, y surge el imperativo de mantener unos servicios diseñados para unos presupuestos hoy, y ya ayer, insuficientes. La contención del gasto mediante una mayor racionalización, sea por compensación, sea por reorientación estratégica hacia otras áreas, es una solución. Pero sería necesario encontrar espacios empresariales nuevos, distintos de los actuales, lastrados por una hiperregulación administrativa.
Hay, sin duda, un nuevo paradigma público, consecuencia del cambio de paradigma financiero. No se trata solo de administrar, sino también de crear oportunidades que compensen pérdidas y, además, produzcan beneficios. Se supera así el prejuicio ideológico de que los servicios públicos son siempre deficitarios. Lo más triste es que el equilibrio entre ingresos y gastos haya tenido que ser exigido por los compradores extranjeros de deuda pública.
Por un lado, existen estrategias de administración o gestión: las fórmulas mixtas de gestión público-privada, la externalización de servicios o la privatización son las más conocidas y usadas en Europa, aunque en países como Francia o España, con una función pública profesionalizada desde hace siglos, el remedio puede resultar extraño.
Se trata de maximizar la eficiencia y también de contener el gasto. Puede ser lo mismo o puede que no, sobre todo cuando la calidad real, y no retórica, es difícil de implantar, y cuando la tecnología, mal diseñada, provoca más trabajo que el hecho de forma rudimentaria. Eso no es tecnología: es lastre e involución.
Por otro lado, la innovación no debe ubicarse solo en el campo privado, sino también en el público. Cabe observar iniciativas de ayuntamientos que han tomado el pulso a la innovación y han detectado discontinuidades emergentes creativas.
Pecios, faros y teléfonos
En Gandía, el Ayuntamiento proyectó en 2013 hundir varios buques de madera a unos cuatro kilómetros de la costa y veinte metros de profundidad, para que, colonizados por la fauna marina, funcionasen como arrecife artificial y reclamo para el buceo[1].
En Finisterre se ideó un museo submarino para visitar los pecios de la armada que, al mando de Martín de Padilla, adelantado de Castilla, se dirigía a Irlanda en 1596: un temporal la sorprendió en octubre frente a la costa gallega y hundió unos veinticinco navíos entre Corcubión, las islas Lobeiras y el cabo. La idea ha tenido continuadores: el Museo Atlántico de Lanzarote, inaugurado en enero de 2017 con esculturas de Jason deCaires Taylor, se presentó como el primer museo submarino de Europa[2].

Faro del cabo Fisterra (La Coruña). Fotografía de Basotxerri. Fuente: Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).
Además, desde el 19 de marzo de 2007, el cabo Fisterra es uno de los bienes distinguidos con el sello de Patrimonio Europeo, que nació aquel año, en el cincuentenario del Tratado de Roma, como iniciativa intergubernamental propuesta en 2006 por los ministros de Cultura de España, Francia y Hungría. En 2011, la Unión Europea lo convirtió en acción oficial, destinada a los «monumentos, sitios o lugares de memoria» que han sido testigos de la historia europea, incluido el patrimonio contemporáneo e inmaterial[3].
Estoy seguro de que en un país con tanta historia como el nuestro existen varios municipios que han contribuido a forjar la Unión Europea. Albacete y su provincia tienen antecedentes cruciales para Europa, y no me refiero solo a Almansa y a su batalla decisiva en la guerra de Sucesión española.
El Ayuntamiento de Barcelona fue premiado en 2011 por sus aplicaciones gratuitas para móviles, entre ellas un «buzón del ciudadano» que permite enviar fotografías geolocalizadas de cualquier incidencia en la ciudad. «Barcelona en el móvil» daba acceso a noticias, al tiempo y al pago con tarjeta y, mediante mensajes de texto, permitía solicitar un volante de empadronamiento, consultar el colegio electoral, los puntos wifi o la disponibilidad de bicicletas públicas, localizar el depósito de la grúa o anular una cita con el Instituto Municipal de Hacienda. Hoy, el Estado ha llevado esa lógica al documento de identidad: desde abril de 2025, la aplicación MiDNI permite llevar el DNI en el teléfono móvil[4].
Albacete puede tener más
Albacete tiene restos arqueológicos íberos y romanos, y atractivos naturales que podrían aprovecharse mejor si se introdujera el turismo pedagógico en la provincia. Pueblos como Liétor, Chinchilla, Alcaraz, Riópar, Yeste o Lezuza, con el yacimiento de Libisosa, guardan testimonios muy atractivos de su pasado.
Albacete tiene, además, amplias llanuras que la aviación militar supo aprovechar por su geografía estratégica. Durante años no se entendió por qué no existía una mayor explotación privada, lúdica o formativa, de este espacio amplio y sin límites visuales; ni por qué no había otra academia del aire en una tierra en la que aterrizaron los primeros autogiros y aeroplanos.
Algo ha cambiado. La base aérea de Los Llanos acoge desde 2009 el Programa de Liderazgo Táctico (TLP) de la OTAN, que forma a pilotos de toda la Alianza. Junto a ella, el Parque Aeronáutico y Logístico de Albacete reúne las instalaciones de Airbus Helicopters, que en junio de 2026 anunció un campus digital —uno de sus tres centros tecnológicos en Europa, con los de Francia y Alemania— dedicado al diseño digital, la inteligencia artificial y la ciberseguridad, con más de doscientos empleos previstos para 2029[5].
Todo un infinito por asir, para cincelar un futuro que aporte algo productivo, distinto de la mezquina cotidianidad.
Publicado en este blog el 14 de diciembre de 2016 . Revisado, corregido conforme a la OLE, actualizado y adaptado a la plantilla actual el 17 de octubre de 2026. Imagen: Basotxerri, Wikimedia Commons (CC BY-SA 4.0).