La decadencia de Roma
por Juan Lorenzo de Membiela
I. El exotismo oriental
Declarado el imperio por Octavio, conocido como Augusto, princeps civitatis, llamado por el Senado Imperator Caesar Divi Filius en el año 27 a. C., la Roma conquistadora de vastos territorios en Asia, Europa y África experimentó una decadencia destructiva que impregnó a todos los estamentos sociales y contaminó las instituciones públicas. La ruina de la agricultura y de las viejas costumbres, junto a la importación del exotismo y la exuberancia, el lujo y la concupiscencia griega, consiguió transformar a los romanos en enemigos de sí mismos y de Roma.
Así lo expresó Cicerón cuando señaló a ese país, y a su sórdido
refinamiento, como origen de todos estos males. Nos dice Lara Velado que los
romanos, cuando conquistaron Oriente, aprendieron sus vicios y los llevaron a
Roma… pero, como expongo en este breve estudio, con los mismos perjuicios que
ocasionaron en el mundo helénico.
Los romanos, expone Montanelli, no creían ya en las instituciones
democráticas y republicanas porque conocían su podredumbre y corrupción, aunque
estaban apegados a las formas. Sobrevivían asidos a una ilusión que poco a poco
naufragaba, sumergiéndose en un mar oscuro sin una esperanza clara.
El deshonor se extendió por todas partes: un crimen que suponía someter
los intereses de la República a los intereses propios y egoístas. La palabra
«honor» se vació de significado y, lo que es aún más grave, quienes rechazaban
estas prácticas viciosas no eran tenidos por hombres dignos, sino por enemigos:
se los aniquilaba o, en el mejor de los casos, se los desterraba.
Los desórdenes civiles, como explica Drioux, nacían en todas partes,
aunque la culpable indiferencia, el confort de una dulce vida o, en todo caso,
una soportable supervivencia hacían enmudecer a los ciudadanos ante la
descomposición de las virtudes y los usos antiguos que anunciaban ruinas y
desastres.
II. El abandono de los paterfamilias
Las buenas costumbres y la honrada vida familiar no eran más que cosas
despreciables, y esta idea fue asumida por todos los estamentos que integraban
la sociedad romana, explica Mommsen.
En épocas pasadas, la disciplina de las costumbres privadas había sido
respetada por los jefes de familia o paterfamilias, pero en aquellos
momentos faltaban a sus deberes y los despreciaban, pues muchos habían perdido
la fe en el futuro de su sangre y estimaban vanos e inútiles todos los
esfuerzos educativos y sacrificios. El contexto social favorecía esta dejación.
La pobreza fue considerada el peor de los vicios; no se concebía que
alguien careciera de recursos para socorrer su existencia. Por dinero se
conseguían grados en la milicia y votos en los jurados, escrituras de propiedad
falsas y perjurios, tanto mejores cuanto mejor remunerados…
Los lazos familiares se relajaban con insólita prontitud. Los hábitos de
embriaguez y de concúbito con meretrices y sodomitas se extendían por todas
partes. En las familias más notables se cometían horrendos crímenes. El cónsul
Cayo Calpurnio Pisón —un simple ejemplo de los sucesos de aquella época— fue
envenenado por su mujer y su yerno para provocar nuevas elecciones consulares y
favorecer que el joven ocupara la plaza de su suegro.
III. Cuando se deja de ser pueblo
Vicios morales, públicos y privados, como recoge Guglielmo Ferrero: el
lujo, el ansia de placeres, la codicia, la pasión del juego, el espíritu de
intriga y la rivalidad, el orgullo municipal generador de desigualdades
oprobiosas, el adulterio, el robo, la idolatría, el aborto, la práctica del
envenenamiento, el asesinato. Y, junto a todo ello, la exagerada soberbia de
los ricos, una pequeña minoría, y la bajeza de los pobres, una gran
muchedumbre. Vagancia y pereza, denunció Catón.
Por todas partes se encontraban pruebas del carácter adúltero y afeminado
de las celebridades de la sociedad romana. Togas muy anchas que conferían una
pomposa afectación. El cuidado esmerado de las uñas, la depilación del vello
nasal y la desaparición del olor corporal. Tom Holland nos habla del aspecto
oleoso de brazos y piernas, todos depilados. Ejemplos de esta relajación de
costumbres pueden verse en las pinturas murales de Pompeya.
Entre tanta zozobra, hubo quienes recordaron que Roma supo ser bárbara
sin los vicios de la barbarie y que, debido a esa disciplina, venció a tantos
pueblos iguales o más civilizados, debilitados por los vicios de su propia
civilización.
Eminentes oradores como Cicerón alegaron que el propio pueblo, cuando se
hace injusto, deja de ser pueblo, porque ya no es sociedad formada al amparo
del derecho y con el fin de promover el bien de la nación.
Por ello, los más nostálgicos de los tiempos pasados, cuando florecían
las virtudes, clamaron por una restitución de la nobleza senatorial y de un
orden ecuestre o équites que supiesen emplear las riquezas en beneficio
del pueblo y no disiparlas en lujos y orgías.
Reclamaban una nueva construcción social que supiera dar al pueblo
ejemplo de las virtudes que mantienen y protegen un imperio conquistado por las
armas. Entre esas virtudes están la fecundidad, el espíritu de familia, la
abnegación cívica, el valor militar, las costumbres severas, el esfuerzo y la
superación de uno mismo, el comercio, la agricultura, la industria y la firmeza
o templanza.
IV. ¿De qué sirven las leyes sin moral?
La reacción de Augusto ante esta depravación fue adoptar distintas
medidas. Una de ellas fue la restauración de los antiguos santuarios. Como nos
ilustra Pierre Grimal, Ático, amigo de Cicerón, no creía en los milagros de las
divinidades, pero entendía que el sentimiento religioso era esencial para la
comunidad. Algunos filósofos observaron que el abandono de lo sagrado provoca
una perversión de la moral que anuncia el declive de las ciudades, la pérdida
progresiva de su alma y, consiguientemente, su destrucción. Así lo expresa
Montanelli: «la religión es siempre la proyección moral del pueblo».
Para salvaguardar la nación, Augusto restauró 82 templos, cuantifica
Robin Lane Fox. Todavía pueden verse en Roma los restos del templo de Apolo
Sosiano, en la Via del Teatro di Marcello. Se esforzó mucho en la restauración
del gran templo de Júpiter Óptimo Máximo, Juno y Minerva, en la colina del
Capitolio, hoy desaparecido, aunque se ha encontrado su base arquitectónica.
Era el mayor de todos los templos existentes en Roma, con unas dimensiones de
50 × 60 m.
Adriano seguiría su ejemplo levantando varios templos más, entre ellos el
Panteón de Agripa, situado en la actual Piazza della Rotonda. Su altura rebasa
los 43 m, su interior inscribe una esfera perfecta y tuvo la mayor cúpula del
mundo hasta el siglo XX. Fue de nuevo dedicado a los siete dioses celestes de
la mitología romana: el Sol, la Luna, Marte, Mercurio, Venus, Júpiter y
Saturno. Fue excluida una multitud de celebridades mitológicas importadas por
las conquistas de lejanas tierras.
Junto a esta medida, se hizo necesario legislar sobre aspectos más
particulares y personales, regulando la esfera privada.
De ahí el adagio de Horacio: quid leges sine moribus vanae proficiunt,
¿de qué sirven las leyes sin moral, sin buenas costumbres?
Y este otro que lo completa: ¿para qué sirve haber reconstituido la
república si no se purifican las costumbres corrompidas?
Eran afirmaciones recitadas y escritas por autores, y constituían una
petición expresa al príncipe para moralizar a las gentes.
Para exponer esa difícil tarea se dijo: indomitam audeat refrenare
licentiam, atrévase a poner freno al libertinaje indómito.
¿Cómo se haría? Y, lo más importante, ¿quién lo llevaría a cabo?
Tito Livio, en su Historia de Roma, resaltó las virtudes clásicas
romanas, pero no creía que volvieran a resurgir, por la inmensa fuerza que la
corrupción mostraba en todos los aspectos de la vida ciudadana.
Muchos pedían a Augusto el dictado de leyes contra el celibato, contra el
lujo, contra las malas costumbres. Anhelaban el restablecimiento de los
antiguos censores, que velaban por la custodia de los buenos usos, pero Augusto
era consciente de que la clase política y la aristocracia se encontraban
contagiadas por esos vicios y no mostrarían interés alguno en asumir contención
y templanza.
Sinopsis del estudio en 8 ideas:
- La decadencia es un proceso moral antes que institucional. No fallan las magistraturas ni las leyes: falla el carácter de quienes las ocupan. Todo el artículo descansa en esta prioridad, y de ella depende que el diagnóstico sea reversible o no.
- El vicio se importa. La corrupción no brota de dentro, llega con la conquista: exotismo, lujo y refinamiento oriental. Roma no se diluye por lo que le falta, sino por lo que trae de fuera.
- La virtud es disciplina y la disciplina distingue de la barbarie. Roma supo ser bárbara sin los vicios de la barbarie, y por eso venció a pueblos más civilizados que ella. La civilización, sin severidad, se convierte en debilidad.
- La familia es la célula del orden público. La disciplina privada del paterfamilias sostiene la moral colectiva; cuando el jefe de familia pierde la fe en el futuro de su sangre y abandona la educación, la sociedad entera queda sin cimiento.
- Disolución del honor. Si la pobreza es el peor de los vicios y todo se compra —grados, votos, escrituras, perjurios—, la palabra honor se vacía de contenido y con ella el vínculo cívico.
- La élite debe disfrutar su riqueza con ejemplaridad. La restitución que reclaman los nostálgicos no es de privilegios, sino de función: una nobleza senatorial y un orden ecuestre que empleen las riquezas en beneficio de la nación y no en lujos y orgías.
- Lo sagrado es el cemento moral de la ciudad. La religión como proyección moral del pueblo: su abandono anuncia el declive, la pérdida del alma de las ciudades y su destrucción. De ahí que la primera medida de Augusto sea restaurar templos, no promulgar leyes.
- La ley presupone la moral, no la crea, y el pueblo injusto deja de ser pueblo. Es la doble tesis del cierre: sin costumbres, las leyes son vanas (Horacio), y una comunidad que abandona el Derecho pierde su condición misma de comunidad política (Cicerón). La legitimidad no la da el número, la da la justicia.
