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miércoles, 4 de febrero de 2015

Innovatio ( 2 min.)

Innovatio ( 2 min.)

por


Juan B Lorenzo de Membiela


Las empresas burocráticas están sometidas a ley de la supervivencia: la eficiencia lleva a las organizaciones  a cambiar pues,  si no,  son reemplazadas por otras más  eficientes (Douma y Schreuder, 2004:300-1). 

Se trata de la ley de la selección natural de las especies de Darwin: los fuertes se mantienen, los débiles desaparecen. Cuesta admitir esta fórmula biónica  máxime cuando la empresa, como sistema, no se limita a  una simple ecuación fabril  porque trasciende al hombre y a su entorno.

 Este aspecto motiva que los directivos asuman la responsabilidad de aprender las inercias de la crisis, las oportunidades escondidas, la exploración allende  lo conocido, ir más allá de lo convencional, romper sujeciones sociales que limitan  perspectivas, tirar  lastre  por la borda de las rutinas... Adentrarse en la tempestad para palpitar con el fulgor de la furia

La innovación, hoy, es una opción necesaria como nueva esperanza  en una sociedad que ha dejado de creer en los números.

Sea introducir algo nuevo, sea mejorar lo que ya se posee, redefinir lo usado, restaurar lo desechado, inventar lo inventado… Ya lo advirtió Kierkegaard: «  el genio lo puede todo y, sin embargo, está pendiente de una bagatela, de una bagatela que nadie llega a ver, pero a la que  el mismo genio le confiere con su impotencia un poderoso significado (…) » («El concepto de la angustia». 2012:181). 

En términos semejantes,  para Hamel, los innovadores prestan mucha atención  a las pequeñas cosas que ya están cambiando pero que en su mayoría han pasado inadvertidas para los partidarios incondicionales de la industria (2012,95).

Se busca la « discontinuidad emergente » , sea en tecnología, en estilo de vida, en valores, en geopolítica. En la sospecha de cualquier indicio  que genere una necesidad y por ello un  consumo.


El caso de Japón, aunque desconocido en España, puede ser útil.  Es analizado por Drucker y por Isao Nakauchi. 

Antes de la Guerra del Pacífico, la industria japonesa era muy próspera sobre todo a partir de 1920. Contaba con empresarios que al margen del sistema habían innovado  y creado grandes empresas.

Estas creaciones  recibieron el nombre de « imitación creativa »       ( «Tiempos de desafíos, tiempos de invenciones»,1995:138).

Se perfeccionó lo ya inventado, se le dio más valor, más calidad, más fiabilidad y en eso consistió su triunfo. Los productos diseñados para funcionar por un tiempo corto  obedecen a estrategias nocivas porque lo duradero genera confianza  y esto vende. Por una simple admiración al trabajo bien hecho.

Hoy, ante la escasez de emprendedores,  se  anhela su presencia, porque el empresario transformador no suele ser producto de facultades, escuelas  o másters. Se rememora al Sr. Ito Masotoshi, artífice de la venta minorista japonesa  durante cuatro décadas, a Honda, al Sr. Morita Akio, de Sony .

Lo que ocurrió en Japón durante la era Meiji y lo ocurrido hace 50 años  representaron revoluciones culturales porque se comenzaron travesías  con una incomprensión financiera  , con una burocracia obstruccionista y con un Ministerio de Industria  en clara oposición.

Se cuestionó lo ortodoxo.

¿Quién, si no valerosas personas, únicas,  podrían enfrentarse a todo un sistema y  triunfar? Para estos líderes, el problema de la incoherencia entre valores y visión nunca surge; no fue « resuelto »  sino « disuelto » (Senge, 2006:421).










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