La decadencia de Roma
por Juan Lorenzo de Membiela
I. El exotismo oriental
Declarado el imperio por Octavio, conocido como Augusto, princeps civitatis; llamado por el Senado, Imperator Caesar Divi Filius, en el año 27 a. C., la Roma conquistadora de vastos territorios en Asia, Europa y África, experimentó una decadencia destructiva que impregnó a todos los estamentos sociales y contaminó las instituciones públicas. La ruina de la agricultura y de las viejas costumbres, junto a la importación del exotismo y la exuberancia; el lujo y la concupiscencia griega, consiguieron transformar a los romanos en enemigos de sí mismos y de Roma.
Senado de Roma. Fuente: Wikicommons
Así lo expresó Cicerón cuando acusó a ese país, y a su sórdido refinamiento, como origen de todos estos males. Nos dice Lara Velado que los romanos, cuando conquistaron Oriente, aprendieron sus vicios y los llevaron a Roma… pero, como expongo en este breve estudio, con los mismos perjuicios que ocasionaron en el mundo helénico.
Los romanos, expone Montanelli, no creían ya en las instituciones democráticas y republicanas porque conocían su podredumbre y corrupción, aunque estaban apegados a las formas. Sobrevivían asidos a una ilusión que poco a poco naufragaba, sumergiéndose en un mar oscuro sin una esperanza clara.
El deshonor se extendió, por todo, un crimen que suponía someter los intereses de la República a los egoístas y propios intereses. La palabra honor se vació de significado y lo que es aún más grave, quienes rechazaban estas prácticas viciosas no eran estimados como hombres dignos, sino que eran vistos como enemigos y aniquilados, o desterrados, en el mejor de los casos.
Los desórdenes civiles, como explica Drioux, nacían en todas partes. Aunque la culpable indiferencia, el confort de una dulce vida o, en todo caso, una soportable supervivencia, causaban que enmudecieran los ciudadanos ante la descomposición de las virtudes y usos antiguos que anunciaban ruinas y desastres.
II. El abandono de los paterfamilias
Las buenas costumbres y la honrada vida familiar no eran más que cosas despreciables y esta idea fue asumida por todos los estamentos que integraban la sociedad romana, explica Mommsen.
En épocas pasadas la disciplina de las costumbres privadas se había respetado por los jefes de familia o paterfamilias, pero en estos momentos faltaban a sus deberes, despreciándolos, pues muchos perdieron la fe en el futuro de su sangre, estimando vanos e inútiles todos los esfuerzos educativos y sacrificios. El contexto social favorecía esta dejación.
La pobreza fue considerada como el peor vicio, no se concebía que alguien careciera de recursos para socorrer su existencia. Por dinero se conseguían grados en la milicia y votos en los jurados; se conseguían escrituras de propiedad falsas y se levantaban perjurios y más si eran bien remunerados…
Los lazos familiares se relajaban con insólita prontitud. Hábitos de embriaguez y de concúbito con meretrices y sodomitas se extendían por todas partes. En las familias más notables se cometían horrendos crímenes. El cónsul Cayo Calpurnio Pisón, un simple ejemplo de los sucesos de aquella época, había sido envenenado por su mujer y su yerno para provocar otras elecciones a cónsul para favorecer al joven ganar la plaza de su suegro.
III. Cuando se deja de ser pueblo
Vicios morales, públicos y privados, como recoge Guillermo Ferrero: el lujo, el ansia de placeres, la codicia, la pasión del juego, el espíritu de intriga y la rivalidad, el orgullo municipal generador de desigualdades oprobiosas, el adulterio, el robo, la idolatría, el aborto, la práctica del envenenamiento, el asesinato. Además, la exagerada soberbia de los ricos, una pequeña minoría, y la bajeza de los pobres, una gran muchedumbre. Vagancia y pereza, además de todo ello, como expuso Catón.
Por todas partes se encontraban pruebas del carácter adúltero y afeminado de las celebridades de la sociedad romana. Togas muy anchas que conferían una pomposa afectación. Una labor cuidada en la estética de uñas, depilación de vello nasal y la desaparición del olor corporal. Tom Holland nos habla del aspecto oleoso de brazos y piernas, todos depilados. Ejemplos de esta relajación de costumbres pueden verse en los murales de la ciudad de Pompeya.
Entre tanta zozobra, hubo quienes recordaron que Roma supo ser bárbara sin los vicios de la barbarie, y debido a esa disciplina venció a tantos pueblos iguales o más civilizados, debilitados por los vicios de su propia civilización.
Se alegó por eminentes oradores como Cicerón que el mismo pueblo, cuando se hace injusto, deja de ser pueblo, porque ya no es sociedad formada al amparo del derecho y con fin de utilidad común.
Por ello, los más nostálgicos de los tiempos pasados en donde florecían las virtudes clamaron por una restitución de la nobleza senatorial y un orden ecuestre o équites que supiesen emplear las riquezas en beneficio del pueblo y no disiparlas en lujos y orgías.
Una nueva construcción social que supiera dar ejemplo al pueblo de sus virtudes que mantienen y protegen a un imperio conquistado por las armas. Entre esas virtudes están la fecundidad, el espíritu de familia, la abnegación cívica, el valor militar, las costumbres severas, la actividad, el comercio, la agricultura y la industria y la firmeza.
IV. ¿De qué sirven las leyes sin moral?
La reacción de Augusto ante esta depravación fue adoptar distintas medidas. Una de ellas fue la restauración de los antiguos santuarios. Como nos ilustra Pierre Grimal, Ático, amigo de Cicerón, no creía en los milagros de las divinidades, pero entendía que el sentimiento religioso era esencial para la comunidad. Algunos filósofos observaron que el abandono de lo sagrado provoca una perversión de la moral, que anuncia el declive de las ciudades, la pérdida progresiva de su alma y consiguientemente su destrucción. Así lo expresa Montanelli, la religión es siempre la proyección moral del pueblo.
En consecución del fin de salvaguardar la nación, Augusto restauró 82 templos, cuantifica Robin Lane Fox. Todavía pueden verse en Roma los restos del templo de Apolo Sosiano, en la vía del Teatro di Marcello. Se esforzó mucho en la restauración del gran templo a Jupiter Optimus Maximus, Juno y Minerva, en la colina Capitolina, templo desaparecido, aunque en la actualidad se ha encontrado su base arquitectónica. Era el mayor templo de todos los existentes en Roma, con unas dimensiones de 50 m x 60 m.
Adriano seguiría su ejemplo levantando varios templos más, entre ellos, el Panteón de Agripa, situado en la actualidad en la Piazza della Rotonda en Roma. Su altura rebasa los 43 m, es una esfera perfecta y tuvo la mayor cúpula del mundo hasta el s. XX. Fue de nuevo dedicado a los siete dioses celestes de la mitología romana: el Sol, la Luna, Marte, Mercurio, Venus, Júpiter y Saturno. Fueron excluidas una multitud de celebridades mitológicas importadas por las conquistas de lejanas tierras.
Junto a esta medida, se hizo necesario legislar sobre aspectos más particulares y personales, regulando la esfera privada.
El adagio exclamado por Horacio: Quid leges sine moribus vanae proficiunt, ¿de qué sirven las leyes sin moral, sin buenas costumbres?
Completado con este otro: ¿para qué sirve el haber reconstituido la república si no se purifican las costumbres corrompidas?
Afirmaciones recitadas por autores que constituían una petición expresa al príncipe para la moralización de las gentes.
Como dificultad , exponiendo esa difícil tarea, se dijo: Indomitam audeat refrenare licentiam, atrévase a poner freno al libertinaje indómito.
¿Cómo se haría? Y lo más importante, ¿quién lo llevaría a cabo?
Tito Livio, en su Historia de Roma, resaltó las virtudes clásicas romanas pero no creía que volvieran a resurgir por la inmensa fuerza que la corrupción mostraba en todos los aspectos de la vida ciudadana.
Muchos pedían a Augusto el dictado de leyes contra el celibato, contra el lujo, contra las malas costumbres. Anhelaban el restablecimiento de los antiguos censores que velaban por la custodia de los buenos usos , pero Augusto era consciente de que la clase política y la aristocracia se encontraban imbuidas en estos vicios y no mostrarían interés alguno en asumir estosvmandatos.