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miércoles, 11 de abril de 2012

La soledad de los moribundos (( 7 min.)


La soledad de los moribundos (( 7 min.)

©Juan B. Lorenzo de Membiela
Doctor por la UV


Norbert Elías escribió  « La soledad de los moribundos »  en 1982 en Alemania. La primera traducción al español fue en  1987,   mostrando  una de las caras más sombrías de la modernidad que hoy vivimos. No afrontar el hecho  del envejecimiento  o la decrepitud de la vida  y no enfrentarse a  su  fugacidad. Estos dos comportamientos responden a la cultura del hedonismo   que valora la « congelación en  la juventud  »  y el rechazo del sacrificio en favor del confort. Todo lo  bello y placentero se admite  excluyentemente sin importar si es o no bueno. Se denosta a  la vejez  como producto suburbano que es imperioso ocultar.

El goce en  lo vital que se ha desarrollado en occidente  causa  que el colectivo  de los mayores y enfermos, acabe en residencias  o centros asistidos. Es algo visto con  normalidad y  que nadie repara en ello. Hubo otros tiempos en que el hombre vivía y envejecía  en su casa como señor de ella. Hoy, la frialdad de las habitaciones compartidas en hospitales, in extremis vitae, en residencias o geriátricos, desarbola toda la nomenclatura psicológica del apego, recuerdos y  vivencias.  Consuelo no más y nada menos. Cuando más se ansía  un apoyo, una caricia, una palabra, solo el sacerdote, el enfermero,  el  auxiliar o el celador  son  las únicas personas  a las que poder pedir algo de  caridad.  Insuficiente siempre  porque se ansia sentir, ver  y tocar a la sangre de tu sangre. Y ello porque es la prolongación de tu « yo  »  en el tiempo.

« Senectus insanabilis morbus est »  (La vejez es una enfermedad incurable)  y ello justifica una huida   de  los mayores a quienes se mira con la perspectiva del ocaso y no con la perspectiva de un futuro, más o menos próximo, pero futuro.

Sabemos que nunca dominaremos la naturaleza,  que nuestro organismo nunca llegará a ser inmortal y ello puede ser descorazonador y limitativo  (Bauman, 2007:82). Horacio  ya lo proseó hace milenios: « La brevedad de la vida nos impide  concebir  esperanzas a largo plazo».  

El alejamiento del sentido religioso de la vida  provoca una angustia ante el vacío de respuestas que fundamenten nuestro fin y trascendencia. A pesar de que la vida tiene una finalidad que está grabada en todas las fibras del hombre y es propia de su sustancia humana   ( Levi,2007:119).

Para el filósofo Ernst Tugendhart la muerte se  representa como una amenaza  porque nos arrebata la oportunidad de darle a la vida un sentido. Pero también provoca  algo positivo y es crear una relación  volitiva con la vida: implica el reto de actuar y la libertad de asumir uno mismo la forma en que se vive.  

Para el científico austriaco  Konrad Liessmann  todo quien reflexiona sobre la finitud de  la  vida se desenvuelve mejor en el control  de la angustia que provoca. Pero también quien asume la  consciencia  de su limitada existencia está en mejores condiciones  para valorar lo que tiene que ofrecer al mundo, a la sociedad y a los suyos.  

Todo ello explica  cómo  soportar  la  irremediable caducidad   del hombre en el mundo. Hace siglos se dijo: «  vive ut post vivas » (vive de manera que después de la muerte vivas). Es algo más alentador que esta racionalidad que sufrimos que reduce al hombre a una contingencia animal sin espíritu. La generosidad de darse a los demás, siendo loable, no logra respuestas a preguntas definitivas.

La tragedia de hoy consiste en  lo infructuoso  de  explicar la muerte  con la tecnología desarrollada. Como resulta imposible se recurre  o a la evitación del tema o a enfatizar  la llamada  « inmortalidad personal »  y trasladar  el problema a los demás (que son quienes mueren).  O desarrollar estrategias dirigidas a un goce complaciente, a modo como lo explicita  Huxley, sin mayor trascendencia.

El humano es el único ser  vivo que tiene consciencia del final  de su existencia. No es que expire sino de lo inevitable del hecho antes de que llegue a ocurrir.  Y ese conocimiento  motiva, en general,  un distanciamiento hacia todo lo que recuerde nuestra transitoriedad.

En su huida provoca la ruptura cultural del anciano y su carga pedagógica  del pasado con  sus generaciones postreras. Es decir, se mutila   experiencias vitales  para afrontar un presente  y un futuro sólo con la computación. La vida, por desgracia, tiene demasiadas variables que la hacen pintoresca, casi abstracta, absurda.  Pero aprender de la  experiencia de otros siempre es una lección por aprender.

La solidez del postmodernismo hoy, quiebra ante necesidades vitales. No son tiempos  de soberbia. Una consecuencia positiva debemos reconocer a la crisis sistémica de 2007 : gracias a sus  mayores  muchas familias pueden seguir sobreviviendo aún en el desempleo. No falta generosidad  a quienes  viéndose abandonados por los suyos  los reciben, hoy,  con la paz del pan y el calor domestico.

Justo es recordar a la etnia gitana, cuya cultura les inculca un reverencial respeto y  cuidado  a sus mayores  sin mayores excusas y pretextos. Honran al antiguo refrán castellano: « Casa en donde no hay un viejo no vale un pellejo ».

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