La incertidumbre es algo propiamente humano desde siempre. Hemos evolucionado bajo un caos impuesto por la impredecibilidad de la naturaleza y del tiempo, que nos es imposible explorar del todo: sea por el teorema de Gödel, que demuestra matemáticamente que en todo sistema formal suficientemente potente hay verdades que no pueden demostrarse dentro de él (teorema de incompletitud), sea por el principio de indeterminación de Heisenberg, que prueba la existencia de límites absolutos a la precisión de la medida.
Ante ello, desarrollamos estrategias para sobrevivir; entre otras, las emociones y, dentro de ellas, las llamadas «básicas»: el miedo y el temor.

Kurt Gödel (1906-1978), autor de los teoremas de incompletitud, en 1925. Fuente:
Wikimedia Commons (dominio público).
Las compartimos con otros animales. Su constitución está genéticamente estructurada y despliega mecanismos de alarma o de protección ante un peligro inminente e incluso ante su mera posibilidad (Vass, 2002: 56).
Jacob Burckhardt, en sus Reflexiones sobre la historia universal, advierte que «la historia natural muestra una lucha terrible por la vida» y que «esta misma lucha se extiende ampliamente en la vida y en la historia humanas» (Burckhardt, 1943, trad. de Wenceslao Roces).
Pero no solo es algo antiguo: está vigente, porque obliga a adaptarse al ritmo de las cosas y a situarse en el escenario social de cada tiempo (Capdequí, 2012: 217). Es decir, impide que el hombre deje de responder a los nuevos desafíos que pueden comprometer su supervivencia.
Al miedo y a la cobardía se debe que el hombre mantenga esa añagaza de crear sociedades y, dentro de ellas, instituciones como el Estado, para protegerse de todo lo que desconoce, porque lo que no se conoce suele ser perjudicial.
Para Hobbes, en su Leviatán, el Estado procura defensa, concretamente, frente a otros hombres. De ello se deduce que el miedo al hombre desconocido es semejante al temor a lo desconocido natural. Y surge una pregunta: ¿quién puede suponer que lo ignorado es siempre perjudicial, sino quien haya vivido en un medio que le ha sido siempre hostil?

Individualismo. Fuente: Pixabay (licencia de Pixabay, uso libre).
Y en este caso el grupo es el primer refugio en el que se apaciguan los temores, aunque el precio a pagar sea siempre la pérdida de lo individual, de lo diferente y personal, al asumir la jerarquía de la manada.
Mantenerse distinto supone un desafío para los hombres temerosos, agrupados colectivamente, que han claudicado en su singularidad.
Ponderemos que la importancia de lo individual implica un detrimento de lo colectivo, y ello hace que los conceptos de «interés general», «justicia social» o «bien común» entren en crisis.
Para Hayek, constituyen abstracciones vacías de sentido. Todorov le replica: «¿hay algo más abstracto que los individuos a los que aluden, desprovistos de toda dimensión histórica como de filiación social?» (Todorov, 2012: 104).
Puede ser que detrás de este concepto de lo común desconocido no haya otra pretensión que la de unos pocos por imponer sus apetitos a muchos.
Pero lo que cabe deducir es que la idea de incompletitud ratifica al individuo y lo individual frente a lo común generalizado y total.
Publicado en este blog el 29 de septiembre de 2019. Revisado, corregido conforme a la OLE y adaptado a la plantilla actual el 17 de octubre de 2026. Imágenes: Wikimedia Commons (dominio público) y Pixabay.