Sucesos contemporáneos · Serie microensayos · Literatura y pensamiento
Epigramas y la vida breve
De las inscripciones griegas a Marcial y de Marcial a las redes sociales: el epigrama, arte de decir mucho en poco, vuelve en la era de los mensajes breves, aunque casi siempre sin su ingenio.
Por Juan B. Lorenzo de Membiela · Doctor en Derecho por la Universidad de Valencia
⌚ 8 min de lectura

Sinopsis
| Idea principal | Conclusión |
|---|---|
| Origen | Nace en Grecia como inscripción sobre piedra o metal y en Roma se vuelve sátira de la vida diaria. |
| Marcial | El poeta de Bílbilis fija el modelo moderno: brevedad, expectación y remate agudo. |
| Tradición | Del Renacimiento al siglo XX lo cultivan autores franceses, ingleses, alemanes y españoles. |
| Hoy | Las redes sociales imponen la brevedad, pero no el ingenio: lo procaz se confunde con lo satírico. |
Qué es un epigrama
Se entiende por epigrama una composición concisa, en prosa o en verso, que expresa un pensamiento agudo, ingenioso y, a menudo, satírico. Su origen está en Grecia: procede de epígramma, «inscripción», derivado del verbo epigráphein, «escribir sobre» una superficie. Era, en efecto, un texto grabado en piedra, metal u otro material que rotulaba tumbas, monumentos públicos, estatuas, bustos privados o simples objetos. Se cultivó intensamente en Roma y, a lo largo de los siglos, en varias naciones de Europa.
Son composiciones breves, satíricas y siempre ingeniosas. La brillantez de su razonamiento mide su calidad.
La temática es diversa; diría que pintoresca. Si en sus orígenes su contenido fue épico y elegiaco, después acogió toda clase de asuntos, lo que les restó solemnidad, pero los acercó a los avatares cotidianos de las gentes. Gracias a ellos conocemos detalles de la vida diaria de Roma, la intrahistoria de sus ciudadanos y de su sociedad.
Pueden agruparse en varias categorías según su objeto. Con cierta inspiración gastronómica —la clasificación se remonta a la Poética de Julio César Escalígero (1561)— se han distinguido los de mel (miel), elogiosos; los de fel (hiel), procaces y cáusticos; los de acetum (vinagre), de gusto agrio y picante, y los de sal (gracia), inocuos y graciosos, junto a otros múltiples y compuestos (Guillén, 2004).
Son poemas concisos, poesía en miniatura, de dos, cuatro o más versos. Su estructura se divide en dos partes: una primera, que capta la atención del lector, llamada nudo, y una segunda, con un final sorprendente, que se denomina desenlace. Lessing lo explicó en 1771 como el juego entre la expectación y la aclaración.
León de Arroyal, en Los epigramas (1784), cifra su belleza en dos aspectos: un juego de voces que deleita el oído, y la brevedad, novedad, agudeza o elevación del pensamiento, que sorprende gustosamente el ánimo.
El Diccionario de la lengua española de la Real Academia Española, en su tercera acepción, lo define como «pensamiento de cualquier género, expresado con brevedad y agudeza»1.
Marco Valerio Marcial, el hispano de Bílbilis
Entre los epigramistas clásicos figuran, en Grecia, Asclepíades de Samos y Calímaco, ambos de los siglos IV-III a. C. En Roma, el más destacado fue Marco Valerio Marcial, natural de Augusta Bílbilis —en el cerro de Bámbola, término municipal de la actual Calatayud (Zaragoza)—, que vivió aproximadamente entre los años 40 y 104 d. C.
Él mismo se definía como nacido de celtas e íberos y ciudadano del Tajo, y presumía de su tieso cabello hispano, en contraste con la estética griega, afectada, de moda en una metrópoli que ya daba claros signos de decadencia2.
Marcial tuvo numerosos predecesores en el género. Él cita como modelos a Catulo, Marso, Pedón y Getúlico3. Podría haber citado también a Varrón de Átax, a Licinio Calvo, a Hortensio o a Cayo Memio —pretor y protector de Lucrecio—, a quienes se atribuían epigramas satíricos o eróticos. En tiempos de Augusto compusieron epigramas grandes poetas como Virgilio y Ovidio y, ya bajo Nerón, se atribuyen también a Lucano.
Pasó unos treinta y cuatro años en la Roma imperial (64-98 d. C.). A su llegada lo acogió el círculo de los Anneos, cordobeses como Séneca y su sobrino Lucano, que cayeron en desgracia tras la conjura de Pisón (65 d. C.); después contó con el aprecio de otros hispanos, como Quintiliano. Llevó una vida bohemia, pero siempre servicial con sus amigos. Muchas de sus composiciones son adulaciones a magnates, pero también descripciones de la vida pública y privada de los romanos, con sus glorias y penalidades, sus intrigas, lujos, excesos, verdades e hipocresías.
Vivió en un piso alto cuyas ventanas daban a los laureles del pórtico Vipsanio, levantado por la familia de Agripa. Poseía una pequeña finca, poco productiva, cerca de Nomento (la actual Mentana), en el Lacio. En sus últimos años en Roma tuvo una casita propia en el Quirinal, antes de regresar a Hispania, donde recordó sus primeros años y donde murió.
Cultivó la amistad de mecenas, potentados y aristócratas romanos, que le proporcionaron no solo un modo de vivir de sus versos, sino una posición social relevante. Los emperadores Tito y Domiciano le concedieron el derecho de los tres hijos y el tribunado semestral (tribunatus semestris), que le confirió rango ecuestre.
Su obra conservada reúne quince libros y unos 1550 epigramas: el Liber spectaculorum, los doce libros de Epigrammata y los Xenia y Apophoreta (numerados como libros XIII y XIV). El Libro de los espectáculos, con una treintena de poemas conservados, celebró la inauguración del anfiteatro Flavio —el Coliseo— por Tito en el año 80.
La dimensión literaria de Marcial reside no solo en su brillantez compositiva, sino en su retrato de la vida romana. Se le ha comparado con Menandro, que llevó a la escena la Atenas de su tiempo.
A modo de ejemplo, cabe citar los siguientes epigramas4:
«¿Me preguntas, Lino, qué me produce mi campo nomentano? Esto es lo que me produce mi campo: que no te veo, Lino».
Marcial, II, 38
«Dicen que Cina escribe versos contra mí. No escribe el poeta cuyos versos nadie lee».
Marcial, III, 9
«¿Buscas dónde conservar el pescado en verano? Consérvalo, Ceciliano, en tus termas».
Marcial, II, 78
«No recitas nada y quieres, Mamerco, pasar por poeta: sé lo que quieras, con tal de que no recites nada».
Marcial, II, 88
A Marcial se debe la forma moderna de este género. Toda su obra se escribió bajo esta fórmula, criticada por los prosistas que se arrogaban la creatividad literaria del momento.
La herencia europea
El género resurge en el Renacimiento y se mantiene desde entonces como recurso de muchos poetas y escritores.
En la literatura francesa lo cultivaron Marot, Ronsard, La Fontaine, Jean-Baptiste Rousseau y Voltaire; muy cerca de él están las máximas y caracteres de La Rochefoucauld y La Bruyère. De La Bruyère puede recordarse este pensamiento:
«La tonta vanidad parece consistir en la inquieta pasión de hacerse valer aun por las más pequeñas cosas».
La Bruyère, Los caracteres
O este de La Rochefoucauld:
«Si se examina la naturaleza de las enfermedades, se encontrará que tienen su origen en las pasiones y angustias del espíritu».
La Rochefoucauld, Máximas
En la literatura inglesa cabe citar a Jonson, Donne, Dryden y Pope (Estébanez, 2016), y más tarde a Oscar Wilde y George Bernard Shaw.
En la alemana, a Ulrich von Hutten (1488-1523) y Euricius Cordus (1486-1535), que escribieron en latín, y a Ambrosius Lobwasser (1515-1585), ya en un incipiente alemán. En el siglo XVII el género se consolida con la escuela poética de Silesia, con Martin Opitz (1597-1639) y, sobre todo, Friedrich von Logau (1604-1655), el gran epigramista barroco. En el XVIII destacan Lessing y Goethe, autor de los Epigramas venecianos (1790). En el siglo XX el epigrama tiene presencia destacada con Günter Grass (1927-2015) y Richard Exner (1929-2008), entre otros (Navarrete, 2020).
En España, durante los siglos XVI y XVII, lo emplearon Cristóbal de Castillejo, Baltasar del Alcázar y Diego Hurtado de Mendoza. Se usaron como formas métricas la redondilla, la copla castellana y la quintilla. Baltasar Gracián, en Agudeza y arte de ingenio (1648), hizo de la agudeza el centro de su teoría literaria. Sirva de ejemplo este terceto:
«Todos viven penando, si se advierte:
este, por no perder lo que ha ganado;
aquel, porque jamás se vio premiado».
Atribuido a Baltasar Gracián
En el siglo XIX lo cultivaron Bretón de los Herreros, Mesonero Romanos, Ruiz Aguilera y Campoamor; en el modernismo, Rubén Darío, González Prada y Díez-Canedo. Poetas de la generación de los cincuenta, como Jaime Gil de Biedma y Ángel González, también lo emplearon. Es conocido el «Epigrama votivo» de Gil de Biedma, recogido en Las personas del verbo (1982): en él, el poeta ofrenda a Cipris, diosa del amor, sus gastadas armas de seductor y la invoca, con humor, como «Afrodita Antibiótica».
El regreso de lo breve
Hoy el epigrama, como composición breve, vuelve con fuerza de la mano de las tecnologías de la comunicación. El microblog, la comunicación corta, se impone: Twitter —hoy X— nació con un límite de 140 caracteres, ampliado a 280 en 2017, y servicios como Tumblr o Plurk se construyen también sobre lo brevísimo: treinta palabras, no muchas más.
Sin duda pueden decirse cosas en tan escaso número de palabras, pero decir mucho en tan poco exige disciplinar el ingenio, una exigencia que imponen estos programas al arrojarnos a un minimalismo comunicativo.
Se busca la esencia en bruto, prescindiendo de otras consideraciones más líricas y bellas. Por desgracia, muchos textos breves carecen de cualquier atributo que se aproxime a lo ingenioso. Otras veces, lo procaz e insolente se confunde con lo satírico.
Lo conciso se ha convertido en arquetipo de lo social y muestra un hombre desnudo, que revela un primitivismo deshumanizador bajo la coartada de lo tecnológico.
Que la brevedad del epigrama de Marco Valerio Marcial, del siglo I d. C., confluya con la del siglo XXI no deja de ser llamativo, y demuestra, una vez más, lo que dice el Eclesiastés:
«Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará: nada hay nuevo bajo el sol».
Eclesiastés 1, 9
Notas
- Real Academia Española: Diccionario de la lengua española, 23.ª ed., s. v. «epigrama». Disponible en: dle.rae.es/epigrama.
- Marcial, Epigramas, X, 65.
- Marcial, Epigramas, I, prefacio.
- Marcial, Epigramas, II, 38; III, 9; II, 78, y II, 88. Texto latino en The Latin Library.
Bibliografía
- Arroyal, León de (1784): Los epigramas, Madrid.
- Estébanez Calderón, Demetrio (2016): Diccionario de términos literarios, Madrid: Alianza Editorial.
- Guillén, José (2004): Marco Valerio Marcial, Epigramas, introducción, texto y notas, Zaragoza: Institución Fernando el Católico.
Para seguir leyendo
- Dialnet: estudios sobre Marcial y el epigrama
- Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: el epigrama en la literatura española
Publicado en este blog el 22 de mayo de 2021. © Juan B. Lorenzo de Membiela. Imagen: Wikimedia Commons.













