Sucesos contemporáneos · Serie microensayos
Caducidad de la vida humana
Una confesión en la sobremesa —«preferiría morirme a ser un viejo demenciado»— abre una reflexión sobre la vejez, el sufrimiento y una cultura que quiere poner fecha de caducidad al hombre.
Por Juan B. Lorenzo de Membiela
⏱ 6 min de lectura

Sinopsis
| Idea principal | Conclusión |
|---|---|
| Una confesión | Un comensal prefiere morir antes que vivir sin juicio ni autonomía. |
| El misterio de la existencia | Para Séneca, el final de un sufrimiento anuncia otro que se avecina. |
| La cultura de la muerte | Mientras la ciencia alarga la vida, se extiende la idea de ponerle fecha de caducidad. |
| El caso belga | El 40 % de los belgas es partidario de «parar» tratamientos a mayores de 85 años. |
| Juventud perpetua | Se quiere vivir más, pero en una juventud frenética que genera insatisfacción. |
| Mayores olvidados | Se ha perdido el respeto a los ancianos y a lo que la vida enseña a través de ellos. |
| Una educación sin aristas | La uniformidad suprime el libre albedrío por miedo al rechazo. |
| El sufrimiento nos humaniza | Recuerda nuestra condición frágil y efímera. |
| Ganas de vivir | En las calles se ven personas que luchan contra sus limitaciones y se aferran a la vida. |
| Vivir para vivir | Para uno y para los demás: cosificar a los mayores es rechazar su sabiduría. |
I. Una confesión en la sobremesa
En los postres me hizo una confesión que me dejó pensativo:
—Preferiría morirme a ser un viejo demenciado, sin juicio, sin razón, sin sentido.
Fue inevitable pensar en el sufrimiento, en el vivir sin consciencia; una vida sin la vida que consideramos como tal vida. Fue inevitable pensar sobre el misterio de la existencia. Ineludible recordar a Séneca para quien el final de un sufrimiento es un paso adelante de otro que se avecina.
Me vinieron a la mente imágenes de cómo una juventud llena de color y risas puede acabar, no se sabe cuándo, en una silla de ruedas asistido por enfermeros. De cómo andar libremente sintiendo el aire en el rostro, uno queda confinado en una habitación con televisión o radio como única ventana al mundo.
—¿Para qué vivir si no puedo valerme por mí mismo? ¿Si no puedo alimentarme con mis manos, ni oír con mis oídos, ni andar sin ayuda? —me dijo.
No supe qué contestar.
II. La cultura de la muerte
Instalados en un consumismo en donde la calidad de vida se mide por el gasto banal o el gozo artificial causado por lo tóxico, pocas respuestas encontramos que justifiquen existencias amputadas por el infortunio o la enfermedad.
¿Es algo tan insoportable afrontar la vejez o el sufrimiento?
Es un tema que hoy, además, está de actualidad en Europa y en países avanzados en donde se intenta poner fecha de caducidad al hombre.
En Bélgica, el 40 % de la población se muestra partidaria de «parar» los tratamientos a personas mayores de 85 años (IC, julio de 2019). Paralelamente, la eutanasia legalizada se incrementa progresivamente.
Es paradójico… cuando los medios de comunicación no cesan de informar sobre avances científicos que alargan la vida, con más virulencia penetra la cultura de la muerte.
III. El culto a la juventud
Y ello puede ser explicado porque no solo se quiere vivir más, sino que se quiere vivir en una constante y frenética juventud, en una embriaguez continua, siendo protagonistas intensos de todo lo que suceda. La imposibilidad de vivir con esa intensidad genera una insatisfacción y decepción radical.
Si no disfruto, no existo.
Un infantilismo impuesto por la perfección estética que se publicita se niega a aceptar los roles propios de la edad. Ya lo dijo La Rochefoucauld en sus Máximas: «poca gente domina el arte de saber envejecer». Y también hay un motivo en esto.
El respeto y veneración a los mayores —que existe en otras culturas— ha desaparecido porque la gente se dedica más a cultivar su cuerpo y practicar ciclismo, skate, roller, BMX, Parkour, longboarding entre otros que a importarles lo que la vida enseña a través de sus ancianos: ¡cuánta miopía! Y luego buscamos en los algoritmos de la inteligencia artificial respuestas a mil preguntas.
Hay prepotencias que se pagan caras por mucho que se cultive el músculo y por poco que se abone la mente.
¿Solamente el hedonismo es verdadera existencia? Es sorprendente cómo se olvidan los sacrificios que asumieron generaciones pasadas, se olvidan los testimonios de adversidades, la resiliencia frente al sufrimiento, el fracaso, la superación, la abnegación, la ambición por alcanzar metas asumiendo sacrificios…; en suma, ser persona ante un mundo que hay que ganarlo.
IV. Un mundo feliz sin aristas

Y junto al gozo y placer se inculcan unos mismos parámetros de actuación. No debe extrañarnos. Se pretende excluir lo propio y auténtico de cada persona, por una educación plana, sin aristas, sin márgenes, todo normalizado, maquetado e institucionalizado.
Si todo es semejante, todo tendrá un comportamiento previsiblemente idéntico. No deja de ser una hábil herramienta de manipulación porque de un modo u otro se suprime el libre arbitrio por el miedo a ser distinto a los demás y siempre se teme el rechazo y el consiguiente aislamiento.
El rechazo es una poderosa herramienta de compulsión y el aislamiento, una guillotina social sofisticada, efectiva y limpia.
Pero este mundo feliz sin dolor, sin fracaso, sin metas personales, todo previsto y ordenado, acrítico frente a los poderes, ciudadanos reducidos a súbditos o camaradas sin saberlo, narcotizados por la tecnología y el deleite, tiene contrapuntos que nos devuelven a una realidad que es imperativa y disonante.
Precisamente el sufrimiento es lo que nos recuerda nuestra condición humana, que es frágil y efímera.
V. Vivir para vivir
Caminando por las calles de cualquier ciudad puede observarse cómo muchas personas se esfuerzan para superar sus limitaciones por la edad, por la enfermedad, por las imposibilidades físicas.
No he visto amargura, ni aflicciones. Tampoco desesperación. He visto ganas de luchar y ganas de vivir.
Sea en silla de ruedas, sea en camilla, la gente se aferra a la vida porque hay cosas hermosas que sentir, ver, oír y paladear. Es hermoso pensar y volar con la imaginación en mil historias, junto a la gente que amas y te aman. Es hermoso que te lean novelas, aunque estés postrado en cama.
Salen a las calles paseados por familiares o amigos y se deleitan de participar en el bullicio de una terraza de verano. Hay grandeza en ello y bravura porque enseña que nadie es diferente, aunque físicamente lo aparenten. La persona es algo más que una corriente y vulgar anatomía.
Se aferran a la vida con decisión como el sediento corre con ansia a una fuente para hidratarse.
No buscan autoexcluirse en una soledad que carcome, sino que buscan interaccionar, buscan el trato amable y la conversación amena.
Esta es la respuesta que me hubiera gustado dar a mi comensal.
Vivir para vivir, tan sencillo, tan complejo. Con dolor, con problemas, sí, pero también con proyectos, aspiraciones y alguna que otra inocente ambición. Es mucho lo que la experiencia enseña y mucho lo que se puede avanzar con ese conocimiento, es eficiencia productiva pura.
Vivir para uno y para los demás. Nuestra existencia testimonia hechos propios y de otros que han depositado mucha esperanza y mucho amor, pero también algunas otras cosas menos afectuosas que no merecen ser defraudadas.
Cosificar a los mayores y negarles toda participación es rechazar toda la sabiduría que han ido acumulando durante tiempo, tiempo que los más jóvenes carecen e ignoran en su vanidad excluyente.
Para seguir leyendo
- Cicerón (2001): De la vejez, ed. de E. Torrego, Madrid: Alianza.
- Séneca (2013): Cartas a Lucilio, Madrid: Cátedra.
- La Rochefoucauld, F. de (1984): Máximas, Barcelona: Planeta.
- Huxley, A. (1932): Un mundo feliz, ed. española, Barcelona: Debolsillo, 2003.
Imágenes: Pixabay (licencia CC0).












